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Jueves 09 de Febrero de 2012 12:15

Con mis estudiantes, en el Teatro

por  Dolores Aponte-Ramos
  • De: Especial para Diálogo
"Miro a contraluz sus rostros. Los rostros dieciochoañeros de los estudiantes. Los veo estremecerse. La voz de Teresa cuenta imprecisa una historia seminal". "Miro a contraluz sus rostros. Los rostros dieciochoañeros de los estudiantes. Los veo estremecerse. La voz de Teresa cuenta imprecisa una historia seminal". Ricardo Alcaraz

A Teresa Hernández

Hace rato pacté con que el ejercicio de enseñar es más utópico que realista, más un propósito que un logro, más una pregunta que una respuesta. De allí que en al enfrentar el aula me acompañan el hambre, el desasosiego, la incertidumbre y mucho miedo. Ancestral de sobreviviente. Miedo al canon y sus márgenes que se aúpan en mis pesadillas porque nunca sabré cuál es la diferencia exacta entre la poesía y la antropología, las sinfonías y la biología. Nunca sabré si es adecuado este semestre no mencionar una sola vez a Julián del Casal aunque sí a Alphonso Linguis por el mero hecho de que el curso anuncia migración y ciudad. En la ciudad de las letras todos carecemos de pasaporte. 

Por eso este semestre invité a mis estudiantes al teatro. A ser público de Teresa Hernández en su pieza Coraje II. Hace rato espío la mirada de veteranos de guerra con que acogen mis invectivas. Tiempo ha que atestiguo una sonrisita que se les atrapa en los incisivos cuando me enredo tratando de explicarles la desnudez y sus cien diferencias con lo desvestido. Así que al teatro con sus andragogías.

Hicimos la fila juntos. Juntos rogamos a Puchi que nos abriera espacios. Entramos juntos al teatro y juntos respiramos una y otra vez dóciles ante un instruccionario que a mi me causaba risa y espanto y a ellos sorpresa y pregunta. Nos sentamos juntos, aplaudimos juntos y juntos en la acera nos prometimos vernos mañana.

Escribo a prisa antes de ese mañana cuando esté frente a mis estudiantes ahora que han ido al teatro. Ahora que han visto a Teresa Hernández cargando a nuestros muertos. Ahora que han estado en el umbral gris del amor hogareño. Ahora que han confirmado lo cerca que vivimos de nuestro propio cadáver.

Teresa Hernández. Desde el cuerpo elástico impone normas. Su relación con el público es abiertamente tirana. Ahora desde la voz de la madre. Antes desde la reina antropófaga. Da corporalidad a un país de cándida crueldad. Siempre nos pide lo que no nos pudimos dar. Ir a Teresa Hernández. Ir al teatro como una ascesis totalizante de articulaciones deseantes sucesivas que en la palabra y movimiento y la transtextualidad se reorganizan en un dislocamiento de la imposibilidad

Teresa Hernández /el rostro grita silente. Álbum imaginario de lo perverso. Madre Coraje. Las masas desearon el fascismo y eso es lo que hay que explicar (glauco). Pienso eso casi en voz alta pero mi voz está negada. Miro a contraluz sus rostros. Los rostros dieciochoañeros de los estudiantes. Los veo estremecerse. La voz de Teresa cuenta imprecisa una historia seminal. Los veo descifrar el monólogo traslaticio que imposibilita el desplazamiento de sentido. Los veo reconocerse en las violencias en que se suman la de la espera, la de la soledad, la del cadáver vivo, la de la memoria apalabrada de los que no están. La estrategia es la de socavar el sentido convencional de las cosas, alejar al teatro del lirismo sentimental hacia la construcción metafórica de horror de no sentir horror. Una hipersintaxis del simulacro intertextual, Brecht en nuestras horas. 

La ludificación del simulacro militante, el simulacro, como dice Deleuze, en lógica del sentido difiere de la copia. Mientras la copia se identifica con la esencia del objeto imitado. El simuacro hernandeziano simula apenas su propia exterioridad, al tiempo que socava y destruye su identidad esencial que parece haber acatado -¿la ley del padre, que la madre asume en su vigoroso horror?-.  Atestiguamos en esa espera de Nancy, las tribulaciones del prototraidor que no da el paso hacia la conciencia de su mal, en cambio se adhiere al dolor de la inacción en su periplo perverso casi delincuencial. Ante el ineludible cadáver del hijo (y Dios cuide a mi muchacho) busca el escenario más heroico o remunerado posible. Ante la masculinidad sacrificial, la incompetencia del dolor sin acción. 

Aplaudimos y guardamos silencio. Nos despedimos en la acera apresurados. Algunos me buscan por Facebook y comentan, otros guardan silencio. Yo ando desgajada e insomne, ahora que fui al teatro con mis estudiantes.

La autora es profesora de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Vea la fotogalería de Coraje II, de Teresa Hernández, por Ricardo Alcaraz

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